Quimera

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Roberta Flack

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En estos días no logro quitarme de la cabeza la canción Killing me softly with his song en la prodigiosa voz de Roberta Flack. Me aprendí la letra de memoria y la tarareo con frecuencia ( invocaciones al dios de la lluvia que no acaba de llorar sobre New York). Ya sé que es una canción que todo el mundo conoce; pero la pongo aquí por si alguien se arriesga a contagiarse.

Escrito por ernesto

junio 11, 2008 a 4:59 pm

¿Noticias importantes?

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1)En Rusia, una joven madre, luego de unos problemas domésticos, se tiró delante de un tren y falleció.
2)Una joven madre, luego de unos problemas domésticos, tomó arsénico y murió en un pueblo rural francés.
Así es como Allain de Botton imagina que la prensa reportaría las noticias que pueden extraerse de dos clásicos de la literatura europea (Anna Karenina y Madame Bovary). Posiblemente no lleguen a ocupar la primera plana ni siquiera en diarios locales de pequeñas tiradas.
Aquí va otra más:
3)Trágico final para unos amantes de Verona. Un joven se quitó la vida después de creer equivocadamente que su querida estaba muerta. Una vez que la mujer descubrió el fatídico destino de su amante, ella también se suicidó.
(las tres noticias provienen de: Allain de Botton, How Proust can change your life, Random House, New York, 1997, p.41. La traducción es mía)

Escrito por ernesto

junio 9, 2008 a 6:15 pm

El hombre de las mil voces

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Sabíamos que las jovencitas que cortejaba Charlot pronunciaban un inevitable y engolado “Ay, Charles”, como si estuviesen medio derretidas. Y el timorato, enamoradizo, Charlot balbuceaba un poco, con su sonrisa abierta de par en par. Luego llegarían Cara de Globo y Soplete, con sus voces tan afables. Seguramente, como cada domingo por las mañanas, tendrían algún percance en El challote relleno. Y los bandidos, los policías y los grandulones tenían una voz gruesa y rasgada, al igual que los malvados con sus bigotes temibles y sus barbas muy largas. Para las persecuciones y las trifulcas sonaban unas gangarrias. La música de los cafetines también tenía una voz, como mismo la tenían los disparos, los puñetazos, el motor de los fotingos y el galopar de los caballos. Y Armando Calderón estaba inmerso hasta la locura en sus comedias silentes.

Y quién iba a decir que aquel improvisador fascinante pasaría a la posteridad gracias a una frase apócrifa. Su inesperado esto es pinga, queridos amiguitos. Fue su mejor broma, su día más afortunado. Y dicen que nunca ocurrió. Nunca se le escapó tal cosa a este hombre de las mil voces. ¿Quién podría creerle? Cuán maravilloso el humor popular cubano.

Los años no pasaron en balde. Qué diferente les suena hoy Armando Calderón a sus otrora “queridos amiguitos”.

http://video.google.com/videosearch?hl=es&rls=GGLG,GGLG:2006-22,GGLG:en&q=comedia%20silente%20&lr=&um=1&ie=UTF-8&sa=N&tab=wv#

Escrito por ernesto

mayo 30, 2008 a 5:14 pm

George Lois en el MoMA(I)

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El MoMA exhibe las portadas que diseñó George Lois para la revista Esquire. Una de ellas está dedicada a la hija menor de Stalin. Lois estaba molesto con la edición del libro Veinte Cartas a un Amigo, en el que Svetlana hablaba horrores de su padre. La revista Esquire publicaría un artículo desfavorable–firmado por Garry Wills- en el que la disidente soviética era descrita como una oportunista. La venganza de Lois consistió en superponer un dibujo del bigote de Josef Stalin sobre el retrato de la hija desleal.
Sorprende que el diseñador que hizo las cubiertas más provocativas de los años sesenta fuese un joven que, cuando menos, simpatizaba con el stalinismo. Y esto después del deshielo que había iniciado Kruchev. Esquire aprovechó su talento y también, a no dudarlo, su izquierdismo radical, aparentemente atrevido y en la práctica muy vendible. Las portadas de Esquire, que le dieron la vuelta al mundo y se convirtieron en imágenes paradigmáticas de los sesenta, confirman una de las ideas de Adorno y Horkheimer: en la época de industria cultural, hasta la actividad política de la oposición entra en complicidad con el status quo.

George Lois en el MoMA (II)

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Una de las portadas tiene que ver directamente con la Revolución Cubana. The Face of a Hero, rostro realizado a partir de un montaje de las caras de Bob Dylan, Fidel Castro, John F. Kennedy y Malcoln X. Estas eran las cuatro figuras más atractivas entre los estudiantes norteamericanos de izquierda. El diseño de Lois seguramente contribuyó -como antes lo había hecho Sartre con su Huracán sobre el Azúcar- a incrementar las simpatías de la izquierda mundial hacia el líder cubano. Claro que no habría que responsabilisar sólo al diseñador de Esquire -ni tampoco a Sartre- por el mito mediático creado en torno al caudillo cubano. Era una construcción mucho más concertada, a tono con las inquietudes de los jóvenes de los sesenta, que se fue configurando de manera más o menos espontánea -y a la vez estimulada por la intelectualidad y los mass-media. Hacia comienzos de los setenta, la lista de los intelectuales desencantados con la Revolución era ya muy larga, e incluía al propio Sartre. Sin embargo, todavía hoy cuesta trabajo deshacer la imagen mítica del revolucionario cubano. Para la izquierda contemporánea, que es mucho más escéptica que antes, sigue siendo difícil de digerir la posibilidad de una crítica a la Revolución Cubana que provenga de la propia izquierda. Y si esa crítica fuese enunciada por un cubano que, además, reside en los Estados Unidos -o en cualquier otro lugar del planeta que no sea Cuba- entonces sus opiniones quedan casi automáticamente descalificadas como reaccionarias. Un cubano, que se sienta inconforme con lo que sucede en su propio país, que viva en una sociedad capitalista y que, al mismo tiempo, se identifique con los movimientos que luchan por reformas destinadas a lograr una mayor igualdad social, posiblemente no tenga más alternativa que hablar desde la marginalidad.

De un modo u otro, The face of the Hero circuló por la Habana. Recuerdo que mi madre había pegado la imagen en una de las paredes de su habitación. En la sala, encima de un televisor de los años cincuenta, estaba colgada una guitarra sobre la que alguien pintó unas flores lilas, rojas y amarillas. Y en la terraza de nuestro tercer piso, un vistoso letrero en el que podía leerse: La locura.

George Lois en el MoMA(III)

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Otro de los célebres diseños de George Lois. Andy Warhol ahogándose en el remolino de una sopa de tomate. El declinar de las vanguardias, o en todo caso el momento en que el mercado asimilaba a las atrevidas novedades artísticas y las transformaba en bienes de consumo. A Warhol le encantó la idea de Lois. Posó entusiasmado para las fotografías con las que éste último confeccionaría su diseño. Warhol no ignoraba que su arte se había convertido en un producto mediático y en una mercancía. Tampoco le disgustaba que así fuese. Buena parte de sus gestos y excentricidades fueron actos de publicidad. Su cínico coqueteo con el mercado fue, entre otras cosas, una intencional prolongación de su creación artística. El desenfado de Warhol hacia la cosificación de su arte fue el de un visionario. Sólo hace falta compararlo con la mayoría de los artistas conceptuales que en su momento creyeron hacer obras que no fuesen comercializables y que terminaron en los lotes para las subastas de Christie’s y Sotheby’s.

George Lois en el MoMA (IV)

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Las protestas contra la guerra en Viet-Nam fueron un tema recurrente en las portadas de Esquire. El humor negro y la crueldad fueron las armas predilectas de George Lois. En la imagen de abajo, el teniente Calley, acusado de masacrar a niños vietnamitas, posa risueño entre un grupo de infantes del país asiático.

Escrito por ernesto

mayo 27, 2008 a 9:46 am

Salvador Dalí en What’s my line?

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Navegar por youtube es una experiencia laberíntica y con frecuencia impredecible. Alguna caprichosa asociación me hizo tropezar con What’s my line? , un popular programa de televisión norteamericano de los años cincuenta, que se mantuvo hasta Septiembre de 1967. Una celebridad llegaba y estampaba su firma en una pizarra. A continuación se sentaba junto al moderador y frente a cuatro panelistas que -con los ojos vendados- hacían preguntas destinadas a identificarlo. Si la personalidad invitada no era reconocible por su apariencia física, entonces los panelistas no tenían que cubrirse los ojos. Hubo panelistas célebres como Groucho Marx, Woody Allen, Gore Vidal y Orson Welles.
Supongo que What’s my line? sirviera de modelo para el espacio televisivo cubano Escriba y Lea. Sólo que éste último era innegablemente más instructivo y hasta propiciaba que la gente lo jugara cuando se encontraban en grupos (algo que posiblemente fuera más complicado con su antecesor estadounidense, que dependía de un invitado especial).
Por What’s my line? desfilaron conocidas estrellas como Barbra Streisand, Buster Keaton, Jerry Lewis, Judy Garland, James Stewart, Joe DiMagio, Louis Amstrong, Alfred Hitchcock, el torero español Luis Miguel Dominguín y Salvador Dalí. En contra de lo que uno pudiera imaginar, Dalí no incurrió en ninguna de sus usuales extravagancias. Por el contrario, creo que hizo todo lo posible respetar las reglas del programa. Se limitó a responder “Yes” o “No”. Aun así, es para mearse de la risa (bueno, a lo mejor no tanto; pero si garantizo que es inevitable reír).

Escrito por ernesto

mayo 23, 2008 a 7:37 am

White Rabbit (II)

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Presentación de Jefferson Airplane en el Smothers Brothers Comedy, el 7 de Mayo de 1967. La banda interpretó lo que tal vez fueran sus dos piezas más exitosas: White Rabbit y Somebody to love, ambas compuestas por Grace Slick.

Escrito por ernesto

mayo 20, 2008 a 2:55 am

¿Qué tal amigos?…bienvenidos a su espacio…la Opera.

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(Para Isis Wirth)
I
Un breve post en el blog La Reina de la Noche me hizo interrumpir mi trabajo y recordar a alguien que tuvo una innegable influencia sobre mi formación: el locutor e investigador musical Angel Vázquez Millares. Durante varios años, cada vez que podía, escuchaba su programa La Opera, a las diez de la noche. Y si no tenía ocasión de hacerlo, entonces procuraba no perderme la retrasmisión, al día siguiente, a las cinco y treinta de la tarde.
No consigo recordar cómo comencé a interesarme por la ópera. Tal vez fue a partir de una escena del filme Moliere que nunca más he vuelto a ver y que ahora ni siquiera consigo recordar con claridad. La escena, según logro rememorarla, era más o menos como sigue. Moliere, moribundo, desciende las escaleras. Algunos personajes lo sujetan y asisten; pero el momento de bajar los escalones se repite una y otra vez como si la acción fuese en marcha atrás o se interrumpiese para volver al mismo punto de partida. Una suerte de escalera interminable o Moliere, como un Sísifo, condenado a repetir indefinidamente la misma esteril faena. En el fondo unas voces de tenores, mezzos, contraltos y barítonos interpretaban lo que debió ser, supongo, una pieza barroca. Seguramente fue de aquel modo, completamente fortuito, que surgió mi interés y, muy pronto, mi fascinación por la ópera. Luego escuché las relativamente populares Traviatta y Carmen, y finalmente descubrí los programas diarios de Vázquez Millares. Pasé muchas tardes dominicales atento a sus comentarios sobre la ópera, el autor y los interpretes de la grabación que Vázquez Millares transmitiría en su programa de las dos. Ahora recuerdo sobre todo el tono de su voz.
Posteriormente, durante los desastrosos comienzos de los noventa , cada sábado al mediodía yo caminaba hasta la Biblioteca Nacional. Vázquez Millares presentaba, ante una audiencia cada vez más numerosa, videos de óperas. Poco a poco, gracias a la donación de cubanos residentes en el extranjero –y sobre todo mediante la contribución de un millonario que había emigrado a Puerto Rico y de quien se rumoraba había sido amante de María Callas- la biblioteca fue reuniendo una muy actualizada colección de videos de ópera (el dvd no había llegado por aquel entonces). Vázquez Millares era el encargado de hacer las presentaciones. Traía algunas notas; pero era evidente que improvisaba gran parte de sus comentarios. Hablaba con una elocuencia y una erudición poco frecuentes, incluyendo anécdotas que al final resultaban útiles para la propia comprensión de la ópera. Muy pocas veces faltó a aquellos encuentros en la Biblioteca Nacional. Escucharlo era algo casi tan esperado como la proyección de la ópera misma. En algunas ocasiones tuve oportunidad de conversar con él. Siempre estaba dispuesto a escuchar a los demás, incluso cuando se aparecieran con alguna interpretación ingenua o disparatada.
II
Hoy vivo en New York. Puedo ir con frecuencia al Metropolitan Opera House. Puedo ver en vivo representaciones semejantes a las que, en formato VHS, esperaba con avidez cada sábado. Puedo asistir a espectáculos donde cantarán las grandes figuras del presente. Una noche en el Met es inevitablemente encantadora. A la salida, de regreso a mi apartamento, persisten en mi memoria algunos de los momentos más notables de la puesta en escena; pero, muy a mi pesar, tengo que confesarme que la ópera no despierta el mismo entusiasmo de antes, cuando la descubría mediante los programas radiales de Angel Vázquez Millares. Quizás porque muchas de las arias, duetos, etc, me resultan ahora demasiado familiares. Quizás porque una obra de arte es más vital y necesaria en temporadas de crisis sociales, como aquellos comienzos de los noventa en Cuba. Quizás porque ya pasaron los momentos de esplendor de la ópera: murieron o se retiraron las legendarias voces que Vázquez Millares presentaba en sus programas. O quizás, sencillamente, porque el tiempo pasa y, poco a poco, de manera casi inevitable, arte y vida comienzan a disociarse.
III
Busco en Internet la radio cubana. Compruebo, con satisfacción, que Vázquez Millares ha sido reconocido por su labor de cerca de cuarenta años divulgando la ópera. CMBF tiene una página web; pero –por desgracia- su señal no se transmite online. Pienso en el placer con que hubiese escuchado algunos de los programas de Vázquez Millares, aquí en Manhattan. Me digo que quizás pueda ocurrir, en un futuro no muy lejano.

Escrito por ernesto

mayo 16, 2008 a 6:01 pm

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