Quimera

Archive for the ‘microrrelatos’ Category

El amor visto desde afuera (como en un relato de Kafka)

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Un joven admira a una célebre actriz de cine. Le envía una extensa carta en la que elogia la escena de una boda en su última película. Unos meses más tarde recibe una postal de agradecimiento. La actriz tuvo la gentileza de contestarle con una breve nota. Palabras corteses y cordiales. La postal consistía en una foto de aquella escena que tanto había cautivado a su admirador. Cada noche, el joven contempla la nota manuscrita. Llega a leer entre líneas. Las palabras de la actriz se vuelven sugerentes, dotadas de intenciones ocultas, aunque descifrables. Y la imagen de la postal es una confirmación de que la estrella de cine, casi con timidez, le insinúa sus deseos de casarse con él. Una noche enciende el televisor. Se queda atónito con la noticia: la actriz contrajo matrimonio con el actor que había rodado la escena de la boda junto a ella. Su desgarramiento, sin embargo, sólo dura unos minutos. Muy pronto consigue develar el secreto: aquello no era más que una farsa finamente calculada, un gesto provocativo con el que la actriz lo incitaba a enviarle aquella respuesta que nunca se atrevió a escribirle.

Ante la ley.
Franz Kafka

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá.

– Es posible – contesta el guardián -, pero ahora no.

La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice:

– Si tantas ganas tienes – intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista.

El campesino no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del guardián, con su pelliza, su nariz grande y aguileña, su larga bárba de tártaro, rala y negra, le convencen de que es mejor que espere. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta entrar un sinfín de veces y suplica sin cesar al guardián. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final siempre le dice que no todavía no puede dejarlo entrar. El campesino, que ha llevado consigo muchas cosas para el viaje, lo ofrece todo, aun lo más valioso, para sobornar al guardián. Éste acepta los obsequios, pero le dice:

– Lo acepto para que no pienses que has omitido algún esfuerzo.

Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo le engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que brota inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián tiene que agacharse mucho para hablar con él, porque la diferencia de estatura entre ambos ha aumentado con el tiempo.

– ¿Qué quieres ahora – pregunta el guardián -. Eres insaciable.

– Todos se esfuerzan por llegar a la ley – dice el hombre -; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar?

El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:

– Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

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Written by ernesto

julio 26, 2008 at 6:41 am

Publicado en Kafka, microrrelatos

Equívoco en medio de la calle (microrrelato)

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Esta mañana, cuando estaba a punto de entrar en una pequeña librería, una muchacha se confundió y se pensó que yo era Leonardo DiCaprio.

Written by ernesto

julio 13, 2008 at 7:43 pm

Publicado en microrrelatos

Muerte por la Rosa (microrrelato)

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Inútilmente alguien le advirtió a Toulouse-Lautrec que Rosa la Rouge tenía sífilis. Lautrec fue enterrado en el cementerio de Verdelais, en septiembre del año 1901.


Henri de Toulouse-Lautrec, Rosa La Rouge, 1886-87
óleo sobre lienzo
(72.3 x 49 cm)
Barnes Foundation, Merion, Pennsylvania.

Written by ernesto

junio 14, 2008 at 7:01 am

No estuve allí (microrrelato)

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Los aviones sobrevolaron la cúspide del rascacielos más alto de Manhattan. Ráfagas, ruidos de motores, sonidos indescifrables. Uno de los aviones, envuelto en llamas, cayó en picada. Un golpe seco estremeció las avenidas. A duras penas el cordón de policías logró contener a la muchedumbre. Los periodistas y los centenares de curiosos no podían salir de su perplejidad. Delante de ellos yacía un gorila gigantesco, con el pecho y el cuello ensangrentados.

Written by ernesto

junio 7, 2008 at 3:27 am