Quimera

Archive for the ‘No-Occidente’ Category

La felicidad de ser esquimal (actualizado)

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Hotel de Hielo Kiruna, situado en una aldea en el norte de Suecia.

Intrigado por la proverbial abundancia linguistica de los esquimales decidí buscar un poco en internet. Resulta que en 1984 el New York Times reportó que los esquimales tenían un centenar de palabras para la nieve. Al parecer, tanta sutileza lexical es más bien un mito que se ha ido exagerando con el tiempo. De todas maneras, en este enlace http://tafkac.org/language/eskimo_words_for_snow_derby.html, se cita un diccionario que recoge cuarenta y nueve palabras para hielo y nieve, que se usan en Groenlandia Occidental. El propio sitio web aclara que no es una lista exhaustiva; así que posiblemente los esquimales -al menos los de Groenlandia Occidental-tengan más de cincuenta palabras para la nieve, aunque tal vez no cien, como escribió el New York Times.
Trataré de traducirlas en cuanto encuentre un tiempo.
Las cuarenta y ocho palabras para “nube” es un dato que puede leerse en el capítulo Hairs, en las primeras páginas de The House on Mango Street de Sandra Cisneros. No pude encontrar nada en internet al respecto.

¿Alguien que se apunte para un fin de semana en el Kiruna?

Written by ernesto

junio 18, 2008 at 6:09 pm

La felicidad de ser esquimal (I)

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El mes pasado escuché un discurso de corte ecologista. Lo pronunciaba una invitada de honor a la ceremonia de graduación de los estudiantes de Duke University. La señora habló en el stadium, ante la multitud de familiares y estudiantes que asistían el evento. Hubo un inconveniente. Una lloviznita incesante vino a sabotear su discurso. Todo el mundo estaba de pie, con los paraguas en la mano, sin tener donde sentarse porque las gradas estaban mojadas. Aquella mañana dominical no era la más apropiada para explicaciones sobre cómo contribuir a sanear el medioambiente, qué dietas llevar, la novelística de Jules Verne, la psicología social y muchos otros asuntos de los que hablaba aquella invitada. Todo eso era muy interesante… siempre y cuando no lloviera. Estoy convencido que, de haber sido esquimal, la distinguida invitada nos hubiese ahorrado empaparnos aún más nuestros zapatos y habría dejado para otra ocasión sus argumentos en favor de una saludable dieta de zanahorias y verduras orgánicas.

Pero, yendo al grano, en algún momento la mujer citó una encuesta según la cual la felicidad no era necesariamente proporcional al desarrollo social. La investigación arrojaba algunos datos entretenidos. Los mexicanos eran las personas más felices, seguidos por los puertorriqueños. No lo pongo en duda y además creo que los cubanos tendríamos un lugar bastante aceptable, aunque también me parece que ese género de estudios es casi siempre discutible y en todo caso arbitrario. Ignoro si los esquimales fueron consultados en esa encuesta. Sospecho que no, porque, de ser así, creo que se habrían llevado el primer lugar, destronando a los fiesteros mexicanos y a los salseros boricuas. Es verdad que no tengo la menor idea de cómo viven los esquimales; pero, por lo poco que sé, pienso que merecen estar entre las personas más dichosas del planeta:
1)Los esquimales tienen 48 palabras para lo que nosotros llamamos “nube”. ¿Cómo podría traducirse tanta riqueza lingüística a cualquiera de las lenguas contemporáneas? Nuestro lenguaje carece de vocablos como, digamos, “nube-casa”, “nube-demonio enfurecido” o “nube-iceberg indomable”. Sólo los niños, cuando juegan a encontrar figuras en las nubes, podrían dar con una felicidad más o menos parecida a la que proporciona este sutil vocabulario.
2)Los esquimales tienen unas setenta palabras para designar la nieve. Imagino que muchas de ellas sirvan para nombrar nevadas espantosas. Nieves temibles ante las que sería prudente permanecer resguardado, nieves como maldiciones celestiales; pero otras, muchas otras palabras, se referirían seguramente a acontecimientos felices. Reconocer en la mañana, justo al despertar, que cae una nieve de voces sagradas, una nieve de estrellas minúsculas o una nieve de despedidas. Y cuando llega la oscuridad, súbitamente, encontrar en el suelo un copo de nieve que se querría cargar de regreso a casa como una extraña joya cuyo encanto se apagará al amanecer.
3)Los esquimales se besan mediante el roce de sus narices. ¿No sería este un delicado juego erótico antes de adentrarse en las caricias sobre las zonas erógenas, incluida la boca? Y, teniendo en cuenta la manera en que parece estar articulada la lengua de los esquimales, cuántas palabras no tendrían para describir las narices, cuántos insospechados elogios de la nariz.

Written by ernesto

junio 17, 2008 at 4:48 am

Publicado en Nariz, No-Occidente

La felicidad de ser esquimal (II)

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Por lo menos un esquimal logró infiltrarse en el pensamiento filosófico europeo. En su libro La risa, Henri Bergson describió al artista como alguien que idealmente sería capaz de reconocer las diferencias entre cada una de las ovejas de un rebaño. El artista de Bergson, como los esquimales, puede ir más allá de las generalizaciones y los símbolos para acceder a la individualidad de las cosas.

Written by ernesto

junio 17, 2008 at 4:45 am

Publicado en Henri Bergson, No-Occidente

Four Northwest Coast Museums.

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El museo, como apunta James Clifford, es una zona de contacto, pero ¿cómo podría el museo, con su tendencia a descontextualizar, a refuncionalizar, a conferir un sentido marcadamente estético a los objetos que alberga en su colección, cómo podría mostrar esa mirada de No-Occidente hacia Occidente en lo que tiene de enmascaramiento y resistencia frente a los impulsos colonialistas de los que el museo mismo, como institución, constituye uno de sus paradigmas?
En algunos capítulos de Routes, Clifford se detiene ante algunas inusuales alternativas en las que el museo parece depender notablemente de la mirada No-Occidental. Clifford ve en cuatro museos de la Costa Noroeste de Canadá uno de esos empleos no convencionales y políticamente subversivos, del espacio del museo.
Los museos de la costa Noroeste desafían el sistema de valores imperante en las muestras dedicadas a las culturas No-Occidentales. En sus salas se exhiben tanto objetos ceremoniales como producciones destinadas a satisfacer la curiosidad y el mercado. Tal vez el aspecto más novedoso lo constituye el hecho de que en muchos sentidos “ they are not museums at all: they are continuations of indigenous traditions of storytelling, collection and display.” (Clifford, 1997, 110).
El museo se propone una inserción en la vida de las comunidades, acude continuamente a los integrantes de las sociedades tribales (contrata a artistas nativos como parte de su staff y permite que los miembros de las comunidades participan activamente en la concepción de las muestras ). El museo procura mostrar culturas vivas[1] y no visiones cosificadas como las que suelen ofrecer la mayoría de los museos antropológicos y etnográficos.
En las exposiciones se hace énfasis en la irrupción de la historia y la política en los contextos, aparentemente incontaminados, de la estética y la etnografía. Ante los museos de la Costa Noroeste, el propio Clifford, familiarizado con las experiencias del museo y el coleccionismo, se siente como un outsider, como un “white American visitor”. Sin embargo un outsider que de forma inusitada lee su propia historia, marcada por el saqueo y la colonización. Una historia subversivamente contada desde No-Occidente, si bien a través de una institución Occidental. Llevar la historia y la política al ámbito de la etnología –tal y como lo hacen experimentalmente los museos descritos por Clifford- no es sólo una responsabilidad científica, sino también, y sobre todo, la apertura de un espacio político de las minorías contra las prácticas coloniales y neocoloniales.

NOTAS

[1] “Indigenous art (carving, building, painting, printmaking, jewelry and blanket design), work that participates simultaneously in market and museum network and in tribal ceremonies and political contexts, is a leading public manifestation of cultural vitality” (Clifford, 1997, 110).

UNO MISMO COMO MASCARA (a propósito del libro Routes de James Clifford)

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La curiosidad o la interrogación (colonialista, aun en sus disfraces etnológicos o antropológicos) de Occidente hacia las sociedades No-Occidentales[1], se realiza en lo que Mary-Louise Pratt ha llamado “zonas de contacto”[2]. Espacios de diálogo e intercambio -un intercambio a todas luces desigual- en el que el colonizador aprovecha casi a su antojo las tradiciones del Otro. Tradiciones que ofrecen, entre otras ventajas, la posibilidad de ser estudiadas, clasificadas y coleccionadas.
En el libro Routes de James Clifford, el acto de descifrar, el acto de conocer y admirar a las sociedades No-Occidentales, ha de pasar por una perturbadora desmistificación: el miembro de las comunidades tradicionales ha entrado en el juego de representaciones propuesto –o más bien impuesto- por Occidente. En muchos sentidos las sociedades tribales se han “occidentalizado” y, por paradoja, lo han hecho al adoptar el papel de“ hombre No-Occidental” que le atribuye Occidente.
Las sociedades tribales no son ni tan estáticas, ni tan cerradas al exterior, ni tan No-Occidentales como se pretendió hasta hace muy poco. Por el contrario, los miembros de dichas comunidades han adquirido cierta conciencia de su carácter excéntrico, cierta confianza en su papel como representantes “auténticos” de tradiciones que Occidente (ese mismo Occidente que estuvo a punto de extinguirlas por completo)[3] valora en demasía. Sin dejar de consumir –todo lo limitadamente que se quiera- los objetos y modas de Occidente, sin dejar de incorporarlos a la vida cotidiana de su comunidad, el miembro de las sociedades No-Occidentales, se ve a sí mismo como un actor, como una especie de feriante que ofrece a la mirada europea el “exótico” espectáculo de su propia cotidianidad. En la llamada zona de contacto, la vida cotidiana del hombre No-Occidental se ha enrarecido a fuerza de verse a sí misma como “autentica”, se ha convertido en una experiencia estética y, en última instancia, en un sofisticado retorno de la figura del buen salvaje (sólo que ahora el “buen salvaje” interpreta, acaso sin malevolencia, el papel de “buen salvaje”). El hombre No-Occidental luce extrovertidamente –quizás no sin perplejidad y para beneplácito de Occidente- la máscara de hombre No-Occidental. La máscara de sí mismo.

No digo que el hombre No-Occidental no crea en los valores que somete a la admiración de Occidente. La máscara tal vez oculte muy poco, tal vez tenga mucho de transparente. Lo que quiero decir es que la máscara se ofrece a sí misma como una autenticidad que ya no es posible encontrar en ninguna parte. En todo caso, una autenticidad que se deshace justo en el momento en el que el hombre No-Occidental es consciente de que el valor de sus actos reside, no ya en sus funciones rituales, mágicas o utilitarias, sino precisamente en su “autenticidad”, en su imprevista función como espectáculo, en su lugar dentro de una representación encaminada a satisfacer la curiosidad ajena.
El libro de Clifford apunta no tanto hacia el rostro que existe detrás de la máscara como al hecho de que máscara y rostro son, ambos, el resultado de la mirada de No-Occidente hacia Occidente, un modo de resistencia, una forma de participar, e incluso de obtener relativas, evidentemente minúsculas, ventajas en el diálogo. Si queremos acercarnos a las sociedades No-Occidentales, debemos tener en cuenta que en la zona de contacto el acto mismo de mirar hacia Occidente transformó el modo de ser de No-Occidente.
Lo que escapó a la mirada del etnólogo es el hecho de que, al tiempo que observaba, era a su vez observado –con temor, con cautela, con extrañeza- por su objeto de estudio. El etnólogo, tal vez obsesionado con su afán de establecer la “distancia correcta”[4], no pudo verse a sí mismo como un inquietante foco de atención, no pudo advertir hasta que punto su propia irrupción afectaba a su objeto de estudio, no pudo percibir que su presencia invitaba no tanto a un acercamiento amistoso como a un enmascaramiento. La creencia en comunidades tradicionales y cerradas al exterior fue una interpretación incorrecta, derivada de la incapacidad del etnólogo para verse a sí mismo en su interacción con la sociedad que estudiaba. Clifford cuestiona esta ceguera y, por ende, la pretendida objetividad de la etnología.
La mirada hacia Occidente, hacia la etnia blanca, hacia el poder colonial transformó (transculturó) radicalmente el modo de ser de las sociedades No-Occidentales. Dicha transformación fue, al menos, doble: Por un lado una hibridación. El hombre No-Occidental incorporó rasgos y objetos de la cultura Occidental a su atuendo, a su morada, a sus festividades, etc. Su identidad cultural quedó definitivamente permeada por valores culturales de Occidente. Por otro, afirmó, un tanto artificialmente, su identidad como un modo de hacerse reconocer y, al mismo tiempo, satisfacer las apetencias de la mirada Occidental. En un movimiento que oscila entre la queja y la obediencia, el hombre No-Occidental convirtió su herencia cultural en un producto turístico y en una resistencia al poder colonial.

Written by ernesto

abril 4, 2008 at 4:27 am