Quimera

Archive for the ‘Rilke’ Category

Una oscura pradera (una interpretación)

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Con muchas vacilaciones cuelgo esta entrada. Tratar de interpretar un poema es seguramente innecesario. Mi justificación para emprender este ejercicio no ha sido, no puede ser, otra que el deleite en escribir sobre estos versos que tanto disfruto.

*
Una oscura pradera me convida
Sus manteles, estables y ceñidos
Giran en mí, en mi balcón se aduermen
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea

Detrás del cielo matinal –cúpula de alabastro- una oscura pradera. Esta superposición de la oscuridad sobre la claridad es uno de los rasgos más sobresalientes de la poesía de Lezama Lima: las imágenes irradian una luz deslumbrante. Una luz que ciega para de ese modo hacer visible lo hermético. Al igual que en Una oscura pradera, la propia poesía lezamiana es una invitación a percibir la oscuridad detrás del destello, el enigma detrás de la cúpula de alabastro.

*
En dicha oscuridad el poeta se deja llevar por la fuerza magnética de la tradición en la que está inmerso:“ilustres restos/ cien cabezas, mil funciones”.

*
La memoria prepara su sorpresa:
Gamo en el cielo, rocío, llamarada

La memoria se vuelve ágil (como un gamo), se convierte en impulso vital que se propaga (llamarada) y se renueva (rocío) precisamente cuando sale a la exploración del pasado. Qué opuestas visiones de la memoria las de Lezama y las de Piñera con su “eterna miseria que es el acto de recordar”(La isla en peso). La oscura pradera es una invitación a descifrar una teleología que atrae hacia un centro primigenio. Un viaje hacia el reino de los muertos. Una vuelta a un pasado fecundo:

Extraña la sorpresa en este cielo
Donde sin querer vuelven pisadas
Y suenan las voces en su centro henchido.

*
La oscura pradera, no importa cuán sutil o frágil sea, se interpone entre el poeta y la divinidad.

Una oscura pradera va pasando
Entre los dos, viento o fino papel,

Atravesar la pradera es un viaje hacia una muerte mágica (sumergirse en la tradición) y contemplar finalmente, cara a cara, el semblante divino:

El viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.

*
Un pájaro y otro ya no tiemblan. En El libro de las imágenes (1907) de Rainer María Rilke, el poeta –hablando supuestamente desde la voz de un monje- encuentra a Dios en la fragilidad, casi en el desamparo, de un pequeño pájaro al que ofrece una gota de agua:

¿Y tú? Tu te has caído de tu nido
Eres un pajarito con alas amarillas
Y grandes ojos que me infunden temor
Mi mano es para ti muy ancha
Elevo con el dedo una gota de la fuente
Y asecho si la quieres tu beber
Y siento palpitar tu corazón y el mío
Porque ambos tienen miedo

A menudo los textos de Lezama exigen ser descifrados como arbitrarios y azarosos juegos intertextuales. Podría leerse el verso final de Una oscura pradera como un guiño al poema de Rilke. Tanto en Si yo hubiese crecido en algún sitio… como en el poema de Lezama, se trata de un dios que se revela en la forma de un pájaro, si bien en los versos lezamianos, gracias tal vez a la inmersión del poeta en el pasado, gracias tal vez a esa muerte mágica que consiste en atravesar la oscura pradera, el encuentro con la divinidad, como el final de un viaje, ya no provoca ningún temor, ningún temblor.

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Written by ernesto

julio 30, 2008 at 7:39 am

Publicado en Lezama Lima, Rilke

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Boris Pasternak-R. M. Rilke (fragmentos)
12 de Abril de 1926, Moscú

Grandioso y adorado poeta:
No sé dónde terminaría esta carta, ni de qué modo se diferenciaría de la vida, si liberase yo todos los sentimientos de amor, admiración y agradecimiento que siento por usted desde hace ya dos décadas.
A usted debo los rasgos fundamentales de mi carácter, toda la estructura de mi existencia espiritual. Todo es creación suya. Me dirijo a usted con las palabras que se usan para hablar de lo ocurrido en un lejano pasado, que se percibe como la fuente del acontecer presente, como si manara de ahí. Me inquieta la felicidad de confesarme poeta, precisamente frente a usted. Me resulta tan increíble como si fuese frente a Pushkin o a Esquilo.
La sensación de lo inimaginable de este encadenamiento de destinos que me penetra en su dolorosa imposibilidad mientras escribo estas líneas no se somete a ninguna forma de expresión. El hecho milagroso que me hizo aparecer ante sus ojos, me ha estremecido. La noticia ha causado en mi alma un efecto similar al de un cortocircuito.
Todos habían salido de casa. Me había quedado solo en la habitación, cuando leí algunas líneas sobre este suceso en la carta de L. O. Corrí la ventana. Nevaba, por la calle transitaban algunas personas. No percibía lo que sucedía alrededor, lloraba. Regresaron del paseo mi hijo con su nana, después llegó también mi mujer. Yo guardaba silencio, durante varias horas no pude pronunciar una sola palabra.
(…)
Ahora siento haber nacido de nuevo. Son dos las razones. Sobre la primera he hablado ya. Ella me hace enmudecer de agradecimiento, y no importa cuánto intentara escribir sobre esto, nada puede ser comparable a mis sentimientos.
Permítame ahora hablarle de la segunda razón, tanto más que ambas están íntimamente ligadas, ya que se trata de una poetisa que siente por usted un amor no inferior ni diferente del que yo siento, y quien (entiéndase esto limitada o ilimitadamente) puede, exactamente como yo, ser vista como una parte de la biografía de usted como poeta, en su expansión y resonancia.
El mismo día que recibí la noticia sobre usted, recibí por las vías indirectas de aquí, un poema escrito con una autenticidad y veracidad tales, como aquí en la URSS ya nadie de nosotros pudiera escribir. Fue la segunda conmoción del día. Se trata de Marina Tsvietáieva, poeta innata y de gran talento, por su estructura espiritual semejante a Desbordes-Valmore. Vive emigrada en París. Yo quisiera –por el amor de Dios, discúlpeme la audacia y la evidente molestia- yo quisiera, me permitiera desearle que pueda vivir algo semejante a la alegría que gracias a usted se ha volcado sobre mí. Me imagino qué significaría para ella un libro con su dedicatoria, quizá las Elegías de Duino, que yo conozco únicamente de oídas. ¡Por favor, discúlpeme!, pero en la luz refractada de esta profunda y profética coincidencia, en la ceguera de mi alegre estado de ánimo, quisiera imaginarme que la refracción es una verdad, que mi súplica puede ser escuchada y que no carece de sentido. ¿Para quién? ¿Para qué? A esto yo no podría dar respuesta. Quizá para el poeta, que es el contenido eterno de la poesía y que, en tiempos diferentes, recibe nombres diferentes.

Written by ernesto

julio 24, 2008 at 4:23 am

Publicado en Pasternak, Rilke

La correspondencia entre Pasternak y Rilke

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En 1960, cuando murió Boris Pasternak, se encontró -entre sus pertenencias personales, guardada en un bolsillo de su chaqueta- una billetera con un sobre en el que Pasternak había anotado: lo más querido. El sobre en cuestión contenía las dos páginas de una carta que le escribió el poeta Rainer Maria Rilke en mayo de 1926. ¿Podría ser que Pasternak cargase consigo este par hojas durante toda su vida, como un amuleto, como un secreto o como una reliquia? Basta leer las efusivas palabras que el escritor ruso le enviara a Rilke para entender su gratitud con la breve respuesta que recibió. A continuación unos fragmentos de la carta de Pasternak a Rilke y la réplica de éste. Y entre paréntesis, ¿no sería esta una historia para ser contada cuando se intenta adormecer a una persona querida?

(la correspondencia entre los dos escritores se publicó en el libro Cartas del verano de 1926, intercambio epistolar entre Rilke, Pasternak y Marina Tsvietáieva, de donde la he transcrito).

Written by ernesto

julio 24, 2008 at 4:23 am

Publicado en Pasternak, Rilke

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Rainer M. Rilke-B. Pasternak
Val-Mont, Glion (Vaud)
Mi querido Boris Pasternak:
Su deseo fue cumplido apenas la espontaneidad de su carta me rozó como el soplo de un batir de alas: las Elegías y los Sonetos a Orfeo están ya en manos de la poetisa. Estos mismos libros le serán enviados a usted, en otros ejemplares. Cómo agradecerle: usted me ha brindado la posibilidad de ver y sentir aquello que tan milagrosamente ha acrecentado en sí mismo. Haberme concedido un lugar tan grande en su alma, es acorde a la gloria de su generoso corazón.!Sea usted colmado de bendiciones!
Lo abrazo,
Suyo,
Rainer Maria Rilke

Written by ernesto

julio 24, 2008 at 4:15 am

Publicado en Pasternak, Rilke

TUNUNA MERCADO: UNA NOVELA DEL DESARRAIGO

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I

En la novela Estado de memoria es recurrente el esfuerzo, casi siempre malogrado, por encontrar un sitio donde arraigar. Pese a los numerosos viajes de la protagonista (a lo largo de un poco más de cien páginas va a Francia, México, Asturias, Londres, y regresa en cuatro ocasiones a Argentina), los lugares visitados son una suerte de telón de fondo delante del cual se despliega el drama de su propia, ininterrumpida, inadaptación. los espacios existen en lo que poseen de ajeno y provisional, incluso las casas que habita le parecen lugares transitorios, independientemente de su ubicación geográfica. La protagonista sólo puede trasladar a la escritura fragmentos, relativamente inconexos, de esos espacios. Y no tanto porque los continuos viajes le ofrezcan la sensación de habitar los lugares durante temporadas relativamente breves, en las que apenas sería posible la idea de arraigo, sino porque vive en un permanente estado de memoria, en una inquietud que obsesiva e infructuosamente persigue mitigar (mediante la escritura, el tratamiento psicológico o las tentativas por rehacer su al parecer perdida credulidad en la izquierda política).
II
Estado de memoria: exilio, o más bien marginalidad, en la que el presente parece enturbiado por la ansiedad, por la evocación de los muertos, por la dificultad de socializarse, pero en la que raras veces aflora esa “nostalgia de los lugares que no fueron/ lo suficientemente amados en la hora pasajera” (Rilke). El estado de memoria, en la novela de Mercado, no puede confundirse con la nostalgia, ni siquiera con la necesidad de no olvidar. Es más bien la búsqueda desesperada de una nostalgia, la creencia –casi seguramente sustentada en una desmedida fe en la cura psicoanalítica- en la posibilidad redentora de un recuerdo oculto, descifrable, un recuerdo que suspenda o neutralice en parte el propio estado de memoria. Confiar ciegamente -acaso como un último subterfugio frente a la insatisfacción- en la memoria, en sus eslabones supuesta o virtualmente perdidos, en esos contenidos latentes que podrían sacar a flote los juegos de las transferencias y las regresiones. Así, los lugares visitados adquieren presencia sólo en la medida en que permiten proseguir la búsqueda de ese pasado inasible para la protagonista. No son los viajes los que trazan el trayecto de la novela, sino la propia introspección de la narradora, su esfuerzo por encontrar una clave interpretativa que le permita vislumbrar eso que Bachelard llamó espacios de estabilidad del ser. Así, por ejemplo, las frecuentes visitas a las casas de Trotski y, luego a la mansión de los Rivera:
Esta casa museo, detenida también en el tiempo…tenía algo de
siniestro No sé por qué habré repetido tantas veces ese “paseo”
por su jardín y sus recámaras, hasta concluir en el taller de Frida
y en el horrible retrato de Stalin que permanece en su caballete,
si no fue para buscar las trazas de mi fundación…Cada vez que
yo entraba en esas casas….sentía que ingresaba en una muy lejana
e imaginaria casa “paterna” que, saltando las décadas, transmigraba
para cobijarme (81)

III
Casi siempre esta búsqueda de “espacios de estabilidad del ser” parece condenada al fracaso. Al comienzo de la narración, una semana después de la muerte de Che Guevara, la protagonista tiene la oportunidad de acceder a la terapia individual. Las sesiones transcurren en el más absoluto silencio. Ambos, paciente y analista, pasan el tiempo sin decir nada. Y este silencio no es un modo de comunicarse -aunque pueda interpretarse como una forma de duelo por el revolucionario muerto-, ni siquiera anula las jerarquías entre paciente y analista. Es, para la narradora, un silencio frustrante que en el mejor de los casos denota la impotencia, el alcance limitado de la terapia para cambiar la realidad.
…no tuve nada que decir a mi analista, ningún inconsciente
se manifestó, no conté ningún sueño, y él permaneció también
en silencio en esas dos o tres sesiones, sin que yo haya sabido
por lo tanto cuál era su evaluación de mi estado psíquico, ni
si con su silencio me condenaba o me absolvía o si, finalmente
no tenía nada que decirme (12)
IV
Nada de lo que me rodea me pertenece. Un poco más adelante, en una improvisada conversación con una analista, una respuesta que parece arrojar luz sobre esa impresión de desarraigo: sin margen de error esa vida precaria y provisoria era la que correspondía a la forma de su deseo. Un cambio de perspectiva, que ofrece cierta satisfacción a la narradora: no ya una falla, sino una forma, si se quiere retorcida, en la que se manifiesta el deseo (un deseo que desea no desear, que se enciende precisamente en la ausencia del deseo). El estado de memoria remeda y tal vez condiciona este comportamiento: una especie de errar, de no pertenencia a la tierra, casi en el sentido literal de la palabra. En el primero de sus viajes de regreso a Argentina, la narradora imagina, desea, que el avión no aterrice, que permanezca en el aire indefinidamente. Estado de memoria, deseo de “no pisar suelo argentino ni ningún otro suelo” (49).
…nada hago, pues, en su justo centro, no estoy en ninguna parte. (102)
V
El estado de memoria es, con todo, una identidad de la que cabe enorgullecerse. Saberse distinto, ver desde afuera, ridiculizar, por ejemplo, al argentino exiliado, considerar insuficiente -o mejor dicho, inapropiada para su caso- la terapia de grupo, no encontrar un vestido que haya sido especialmente diseñado para ella, simpatizar con los inadaptados, con los que ejercen la crítica del orden establecido, sean los revolucionarios, los vagabundos o los locos. Y sin embargo, las simpatías por los rebeldes y las protestas contra los que acatan la norma no conducen a la protagonista ni a la lucha revolucionaria ni al abandono de la razón, sino a una resignada inserción en la sociedad. Si bien se identifica con el demente Cindal y con los pordioseros de la plaza Rodríguez Peña, no es nunca uno de ellos, no pertenece al ámbito de los alienados … le dije que yo no era en realidad de allí, sin saber muy bien cómo decirle que era de allí pero al mismo tiempo no lo era (116). Del mismo modo, aunque no sin inconformidad, la protagonista tendrá en sus perchas ropas que pertenecieron a otras personas, rehará anónimamente -como lo que ella misma denomina ser “escritora fantasma”- lo que otros han escrito, se someterá al tratamiento analítico en grupo, será una argentina más en exilio. Estado de la memoria, imposibilidad de caer, miedo a caer, perpetuo gravitar entre la rebeldía y la aceptación de las reglas.

Written by ernesto

abril 4, 2008 at 5:46 am